viernes, 11 de noviembre de 2011

Mi nombre es Cecilia - Escrito XL part. 1

Llevábamos unas 3 horas caminando, no se veía ni el principio ni el final, si ganabas altura solo podías ver un montón de lienzos de distintas organizaciones, colectivos, partidos y consignas. A los costados hombres y mujeres reforzados por montón, ese característico verde tan detestado por su agresividad, escudados por enormes vehículos cuya única función es evitar la paz con que nos movemos. A lo lejos ya se veía la Moneda y las miles de personas que pasábamos fuera de ella con la esperanza de que volviera a ser nuestra algún día. Primer día de paro nacional, la gente hace unos meses comienza a levantarse ante la desconformidad y con ello las principales ciudades del país recordaban los peores años del mismo, esa época en donde, para personas como yo, el solo transitar ya era un delito, mi Santiago tan querido y odiado volvía a encontrarse sitiado, bajo ninguna legalidad y simulando seguridad interna volvían esos días que parecían noches oscuras pero entre tanto despreciable actuar miles de personas demostrábamos que hoy no es como antes, ya no nos pueden callar. A unas dos cuadras de Los Héroes ya se respira ese aire saturado, por el frente humo blanco, todos ya teníamos claro qué comenzaba, retrocede: detrás más humo, el aire colapsaba y tu única defensa unos limones y un pañuelo, algunos con mascarilla, no era mi caso ni el de Camila, mi amiga. El carro lanza aguas venía en forma de lluvia, ahora correr es la única opción, el ácido que mezclan dañan la piel, te hacen heridas y te quema, salir mojado no es nada, pero al ácido se le respeta. A nuestro al rededor volaban piedras y bombas lagrimogenas , unas contra otras, pero Camila no es así, su primera movilización no podía involucrar pelea. Correr al lugar más cercano. Las calles cortadas, no había visibilidad alguna, personas tropezándose, corriendo y tras ellas pacos con el solo objetivo de tomar una presa para su macabra entretención. En nuestro camino un laberinto sería poco y en él el deseo de salir salvas, mi deseo de que se salvara ella, que temblaba de pavor
- Corre, no mires atrás - le decía mientras corríamos y miraba a nuestras espaldas.
Cuando voltee no me quedó más que parar en seco: dos pacos, una mina y muchos golpes, al costado materiales de la construcción cercana, no me podía quedar así. Una firme tabla, dos golpes y una mujer violentada pero rescatada. Nos persiguieron luego de su corta recuperación mientras de un solo grito llamaron a tres verdes que estaban cerca, por suerte las calles de Santiago son bastantes conocidas, sobre todo ese sector y después de un zig zag no nos podíamos confiar, siete metros de muro de dos metros de alto. Comprobé que dos mujeres en peligro son tan fieras, rápidas y astutas como felinas en la sabana aunque no acostumbraran a estos trotes. Edificio de oficinas, quedaba salir saltando el muro contrario, corriendo casi toda una cuadra tratando de no ser descubierta la extraña tropieza, en realidad no, un golpe de balín hacía sangrar su rodilla y la guerrillera ya no podía caminar, en ese momento supe lo fuerte que es la espalda de una atrevida. Sin moros en la costa pasamos por una esquina donde el muro estaba roto y lo tapaban con alambres, frente la Universidad de Chile, nunca corrí tan rápido en mi vida. Por la puerta lateral entramos a la desconocida, cuando desde la Alameda cinco desagradables personajes sin identificación, al igual que los demás, venían hacia nosotros con tal de tomar a todos los entrantes
- Camila, entra y cuidala 
- ¿ Y tú?
- Cierra la puerta mierda, yo entretengo a estos hueones
Cerré el portón de un portazo, ya tenían bastante información mía, varias fotos y videos de otras ocasiones similares, cubrirse el rostro es una acción de rutina, sino se vuelve personal. A mi lado 4 capuchas, entre ellos una mina. En mi mochila tres botellas de un hermoso amarillo chillón bastante decorativo. El aire más asfixiante y menos visible, nunca habían estado tan fuertes. Tres cuadras hacia el sur, a tres metros dos bombas: una de ruido y otra lagrimogena, la primera me impidió poder patear la segunda
- Estos hijos de puta saben perfectamente qué hacer
Solo pude caer al suelo, hubiese podido jurar que mis oídos sangraban y mis ojos también, los capuchas a mi lado estaban igual que yo, entre ellos distinguí una figura demasiado inocente para estos pasares e inconsciente en medio de la calle: era la Cami
Pero era tarde, ya venían los de verde, y ninguno de nosotros se podía levantar...

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