
La pluma dibuja los versos más profundos de la mano agrietada que la sostiene...
- ¿Qué escribe? pregunta desde la mecedora la mujer sin separar la vista del sauce del jardín.
- Unos versos... una carta - Contesta el hombre, con la humilde sonrisa que lo ha seguido desde el principio de sus años.
- ¿Y para quién? si se pudiese saber... - Vuelve a consultar la mujer, pegada a la ventana, con su nostálgica vista ahora en el sol del atardecer.
El silencio de la situación no incomodó a ninguna de las dos almas cansadas dentro de la habitación, pues ya no quedaban las ansias e impaciencias de sus años dorados...
- A la mujer que amo - Contestó él- que aunque me ve, me habla y me siente, no me reconoce en sus recuerdos, que tan dificilmente intenta traer de vuelta, mas la amo como ese primer día y la acompañeré como prometimos hasta que sus ojos o los mios no se vuelvan a abrir.