No entiendo como hay quienes no disfrutan un día de lluvia.
Hay una agradable llovizna y bajo ella muchos paraguas ¿No aguantarán siquiera unas cuantas gotas de lluvia? usar paraguas sería renegar tu origen, mirar con desprecio el vientre materno en donde viviste antes de nacer, nadaste en un líquido más espeso, pero agua al fin y al cabo.
Frunzo el ceño, a veces las gotas te dificultan la vista, pero es solo hasta que recuerdas que no es más que agua. Miro hacia al frente con el relajo y la luz de un día nuboso. Son más luminosos, provocando una momentánea ceguera. Son más fríos. Hay un sin número de razones por la cual un día así es más activo, y no soy la única que lo dice, la psicología en que muchos creen también lo hace.
Lo único que lamento de los días lluviosos son quienes no tiene techo para disfrutarlo. Sí, como digo, techo para disfrutarlo. Si la lluvia fuera constante y mojara las pocas cosas que tienes por hogar, si bajo tus pies ya no hay tierra sino barro, creo no apreciarías, como alguien con techo, la lluvia.
A pesar de eso, caminar rumbo a mi casa, sentir ese olor a tierra mojada, el viento norte en la cara, las gotas caer desde las hojas de los árboles. Es todo un placer.
jueves, 20 de diciembre de 2012
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Escrito XCVIII
La idea, perdida y permanente en la mente del sujeto. Tan perpetua y recurrente que podría hartarla. Pero no lo hacia. Vagaba continuamente en ese pequeño espacio físico, en el infinito universo de la inmaterialidad. Pero no hay espectro viviente, ni si quiera una idea, que no se canse de vagar. Porque una idea vive, está tan viva como quién la piensa, y a veces, incluso más.
El hastío de lo infinito la colapsó. Era tan amplia. Tan odiosamente irrevocable. Ella quería ser más, o mejor dicho, menos. Quería ser palpable, tangible, abandonar lo eterno y ser mortal.
Pero una idea funciona según los caprichos del pensante. Él, cómodo, la tenía siempre para si. Sólo bastaba ir a un escondrijo de su mente y la hallaría, tan perfecta como siempre, siempre a su alcance; poseía entonces su eterna compañía.
El hastío de lo infinito la colapsó. Era tan amplia. Tan odiosamente irrevocable. Ella quería ser más, o mejor dicho, menos. Quería ser palpable, tangible, abandonar lo eterno y ser mortal.
Pero una idea funciona según los caprichos del pensante. Él, cómodo, la tenía siempre para si. Sólo bastaba ir a un escondrijo de su mente y la hallaría, tan perfecta como siempre, siempre a su alcance; poseía entonces su eterna compañía.
Pobre idea. Ni ella misma puede hacer consigo lo que quiera. Nunca dejaría de ser una idea, nunca sería carnal. Ahí estaba, como una compleja idea, tan presa de su dueño. No sería mujer, el sujeto racional no sabría manejarlo, no podría comprender que ella no fuera parte de él, ni la lejanía, ni la ignorancia de su estado.
A veces el caos juega a tu favor en una especie de complot, y tus miedos se vuelven la más real de las pesadillas. La idea así, tomo forma femenina, era ella, imparcial, lógica, soñadora y soñada, tan imperfecta para todos, tan perfecta para su creador.
Pero no, ella nunca dejó de ser idea. Cuánto cuesta entender a un hombre que algo no es de él. La incomprensibilidad de lo querido. Si, siempre esta contigo, como idea, ahora es mujer.
Pobre hombre. Ella nunca dejo de ser idea.
lunes, 10 de diciembre de 2012
XCVII - Sweet sweet whim
Cerca de las doce del día, con el sol plantado sobre su nuca, caminaba sobre la acera de una inquieta ciudad un mujer de aspecto cansado, el día a día, el hostigante calor del verano que se ha apoderado de la primavera, convivir con cada hecho rutinario. De su mano un pequeño infante, con sus bien puestos cinco años, su inocente sonrisa y agotada pero tan alegre cara, ese rostro suave que te da la niñez. Ella lo sostenía con fuerza, no era un niño inquieto pero como toda alma pueril, sea de la edad que sea, es impredecible.
Por la vereda pedregosa caminaban juntos hacia el jardín, como se da actualmente -por mucho que adore a ese niño- debía dejarlo, de doce a seis (por suerte no más) con extraños, para ella ser ella y él aprender a ser él.
Unas pocas cuadras los separaban de su destino, cuando la madre siente un tirón en su brazo. Es por estas razones que cada madre no suelta la mano de sus hijos hasta una edad avanzada, cuando se muevan sin improvisar sus acciones, sin esporádicas decisiones, sin peligros. El niño maravillado por un brillante envase de lo que parecía un fresco y delicioso helado - vamos atrasados, mi amor- le dice la mamá con ternura, el niño en silencio la mira como tratando de asimilar su negativa, sus ojos se comienzan a llenar de lágrimas, su rostro se enrojece mientras hace un amplio puchero - pero yo quiero ese helado- replica.
Lástima que las cosas no siempre son como uno las quiere y que una madre siempre tiene razones contundentes, aunque sea un "porque sí". Poco duró su lloriqueo, acostumbrado - o en acostumbramiento- a resignarse, dio vuelta el rostro y continuó su camino hacia el jardín, con su tutora de la mano.
Día tras día de ese caluroso noviembre el niño pasaba junto al almacén y veía ese brillante y sabroso helado a solo unas monedas de su alcance y la gran distancia de la voluntad de su mamá. Lo que quieres tarda en llegar, pero llega. treinta y cinco grados en plena tarde, de vuelta al hogar, un ofrecimiento esperado por semanas.
Con la paleta en su mano, y ya degustada, le pareció desabrida, casi agria, la comió por deber, el compromiso de ver saciado su capricho, con indiferencia, casi desprecio. Ya no habían ganas, ya no había interés, ya no había deseo alguno.
jueves, 6 de diciembre de 2012
El Colibrí y la Flor (canción)
La última. La inédita. La anónima. De ti, un regalo para los que estamos lejos; de mi, un regalo para él.
Tu colibrí, tu flor~
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