El hastío de lo infinito la colapsó. Era tan amplia. Tan odiosamente irrevocable. Ella quería ser más, o mejor dicho, menos. Quería ser palpable, tangible, abandonar lo eterno y ser mortal.
Pero una idea funciona según los caprichos del pensante. Él, cómodo, la tenía siempre para si. Sólo bastaba ir a un escondrijo de su mente y la hallaría, tan perfecta como siempre, siempre a su alcance; poseía entonces su eterna compañía.
Pobre idea. Ni ella misma puede hacer consigo lo que quiera. Nunca dejaría de ser una idea, nunca sería carnal. Ahí estaba, como una compleja idea, tan presa de su dueño. No sería mujer, el sujeto racional no sabría manejarlo, no podría comprender que ella no fuera parte de él, ni la lejanía, ni la ignorancia de su estado.
A veces el caos juega a tu favor en una especie de complot, y tus miedos se vuelven la más real de las pesadillas. La idea así, tomo forma femenina, era ella, imparcial, lógica, soñadora y soñada, tan imperfecta para todos, tan perfecta para su creador.
Pero no, ella nunca dejó de ser idea. Cuánto cuesta entender a un hombre que algo no es de él. La incomprensibilidad de lo querido. Si, siempre esta contigo, como idea, ahora es mujer.
Pobre hombre. Ella nunca dejo de ser idea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario