lunes, 10 de diciembre de 2012

XCVII - Sweet sweet whim

Cerca de las doce del día, con el sol plantado sobre su nuca, caminaba sobre la acera de una inquieta ciudad un mujer de aspecto cansado, el día a día, el hostigante calor del verano que se ha apoderado de la primavera, convivir con cada hecho rutinario. De su mano un pequeño infante, con sus bien puestos cinco años, su inocente sonrisa y agotada pero tan alegre cara, ese rostro suave que te da la niñez. Ella lo sostenía con fuerza, no era un niño inquieto pero como toda alma pueril, sea de la edad que sea, es impredecible.
Por la vereda pedregosa caminaban juntos hacia el jardín, como se da actualmente -por mucho que adore a ese niño- debía dejarlo, de doce a seis (por suerte no más) con extraños, para ella ser ella y él aprender a ser él.
Unas pocas cuadras los separaban de su destino, cuando la madre siente un tirón en su brazo. Es por estas razones que cada madre no suelta la mano de sus hijos hasta una edad avanzada, cuando se muevan sin improvisar sus acciones, sin esporádicas decisiones, sin peligros. El niño maravillado por un brillante envase de lo que parecía un fresco y delicioso helado - vamos atrasados, mi amor- le dice la mamá con ternura, el niño en silencio la mira como tratando de asimilar su negativa, sus ojos se comienzan a llenar de lágrimas, su rostro se enrojece mientras hace un amplio puchero - pero yo quiero ese helado- replica.
Lástima que las cosas no siempre son como uno las quiere y que una madre siempre tiene razones contundentes, aunque sea un "porque sí". Poco duró su lloriqueo, acostumbrado - o en acostumbramiento- a resignarse, dio vuelta el rostro y continuó su camino hacia el jardín, con su tutora de la mano.
Día tras día de ese caluroso noviembre el niño pasaba junto al almacén y veía ese brillante y sabroso helado a solo unas monedas de su alcance y la gran distancia de la voluntad de su mamá. Lo que quieres tarda en llegar, pero llega. treinta y cinco grados en plena tarde, de vuelta al hogar, un ofrecimiento esperado por semanas.
Con la paleta en su mano, y ya degustada, le pareció desabrida, casi agria, la comió por deber, el compromiso de ver saciado su capricho, con indiferencia, casi desprecio. Ya no habían ganas, ya no había interés, ya no había deseo alguno.

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