sábado, 29 de junio de 2013

Escrito CLXXVI

No soportaba la idea, le era repulsivo, hastiante, se desgarraba en ira y decepción con solo imaginarlo. La sabía feliz. La veía a diario llegar de la mano de otro, ese otro que pudo ser él si no fuera por la duda y el tiempo, ese tiempo que dejó pasar como si las agujas del reloj en realidad no giraran.
Entre unos brazos que pudieron ser los suyos y que al verlos lo hacían llenarse de supuestos que, claramente, lo tenían a él, a su arrepentida figura como protagonista.
Es que quién podría resistir esa escena. La oportunidad perdida. Y ahora, como castigo, día a día la veía, llegando con él, despidiéndose de él. Lo más terrible era su traidora imaginación, la que consideraba su peor enemiga. En sus noches solitarias la imaginaba abrigada entre sus cariños, como otro la besaba con ternura, corría su pelo de sus ojos con los dedos, rosaba su cuerpo, la estrechaba, la amaba, como otro...
uno que por temor, no fue él.

Uno de hace tiempo IV

Cortos

Sentía esa necesidad perturbante de hablarle, de intercambiar alguna idea, de que estuviera presente. La buscó con desespero y alevosía, cual drogadicto buscando su vicio, y ahora saciado teme. Teme el necesitarla de vez en cuando en sus días.



Que las paginas liberen al infante. El sueño pueril de los imposibles inexistentes. Cada filo será tu cielo. La sangre de tus ganas será la tinta creadora. El big ban de las emociones estallará en lo tangible, sembrará caos en lo correcto y serás nuevo. Extraño en lo mundano, uno más en lo divino, sobre tu propio suelo.


Tienes la capacidad de alegrarme el día. De llenar de nubes el cielo azulado, pues no hay nada más bello que un cielo nublado. Tienes la capacidad de hacerme hablar tonterías, no de las cotidianas sino de las que llenan el alma, las que salen del corazón.




Uno de hace tiempo III (Escrito CLXXII)

El último testimonio de un joven viejo
Mi cuerpo está cansado, siento que comencé a vivir muy pronto; que me encuentro jubilado del afecto. Los golpes ya no son golpes y no hay herida alguna que no esté cerrada.
Siento el peso de los años que no he vivido, de los amores incompletos que han quedado en el camino. Y a pesar de todo pareciera que recién empiezo, que el futuro podría sonreírme mirándome a los ojos. Pero la figura que hallo en el espejo carente de colágeno, con las noches en vela clavadas en sus ojos, me dice que queda poco, mucho por pasar mas tan poco antes de morir.
Espero llegue el momento de mi muerte serena y renazca tan joven e inocente, con la ingenuidad del adolescente que en algún momento el pasado me arrebató.

Uno de hace tiempo II (Escrito CLXXI)

En noches de letargo pienso que aún quedan esbozos de resentimiento, que, en cualquier caso, me harían perder toda culpa, si es que llega en algún momento la culpa a pasearse si quiera como una efusiva idea por mis entrañas. Sería una deuda paga de un trato jamás hecho, cobraría mi parte hasta quedar saldados, cada quien con los mismos pesos, errores y pasado.

mini - Escrito CLXX

Sus dedos se entretejían en una maraña de excusas, tas la manta nadie veía que su cariño los hacía entrar en contacto. Resultaba curioso que dos extraños se conocieran tanto y se sintieran tanto. Mientras el mundo fuera de esa cobija de nada valía, sus expresiones dentro de lo que conversaban no sobresalían de unas cuantas exclamaciones, su atención estaba ahí, en ese juego, en esos dedos que bailaban entre tocándose y no, como si nada.

A continuación: Unos de hace tiempo

Uno de hace tiempo I


No lo digas.
Oculta tras las cortinas todo aquello que quieras decirme.
No dejes que la niebla se disipe.
Que las palabras sean la senda que conduce al otro,
no olvides tanto engaño, tanta omisión.
Quedemos así, en el atractivo de no saber,
de no confesar nada, de no atreverse a todo.

Nada te puedo ofrecer.
No me obligues a dejar este vicio
que escurre en la sangre y me llena de sed.
El agua salada de los versos bien dichos
que te calman y te aquejan pidiéndote más.
Es una dulce maldición tus suaves letras, tu juvenil encanto,
tu ego infantil y avezado interés por lo absurdo.

Por favor, no me lo digas, no mates este sin sentido que nos llena de vida.
Deja que se nos haga obvio hasta más no poder
mientras en el trayecto perdonas mi pasión,
la que te lleva a la duda, a la nostalgia,
a creerme tu loca desaforada, tu estrella, tu árbol preciado.
Perdona mi precariedad ante tu disposición,
perdona la no correspondencia de lo concretamente abstracto.

Perdona lo que soy y lo que deseas,
ese desastre que te llama y te alimenta la soledad,
creyendola tuya para sumarla y hacerla nula.
Soy tal cual me desconoces, tal cual me imaginas y me sientes,
soy tan propia a tus sentidos y a tu mente
como al hecho de que no te pertenezco,
tanto, como soy tuya en palabras.



Morir de pena - definición

Morir de pena no es como cualquier tristeza que se pueda sufrir en la vida. A continuación daremos sus características específicas para distinguir si su pena merece tal calificación.
Al morir de pena se siente una tristeza desgarradora. No basta con las lágrimas de un día o dos. Si estás muriendo de pena, en primera instancia sientes un frío desgarrador es, en analogía, a la imaginaria sensación de que un gatos enrabiado rasgara tu pecho por dentro, llevándose consigo corazón, pulmones, musculo y piel. En segunda instancia, aunque casi en todas las ocasiones se ve acompañada del primer suceso, vemos lágrimas caer por montón, como si fueran expulsadas de tus ojos con baldes, sí, baldes. Se ha visto en la mayoría de los casos que durante ente incesante lloriqueo el agónico difunto ni siquiera está consciente de éste. La tercera y última etapa consiste en un proceso de aceptación en donde el muerto, como tal, tiene un rostro inerte, que refleja inmutabilidad, sin emoción alguna, grandes ojeras, palidez y mirada somnolienta; suele llorar a mares de cuando en vez sin motivo aparente, mas gracias a los estudios hemos encontrado que su gatillante son ideas y/o sentimientos recordados o asociados a un recuerdo.
Si usted ha pasado por estas tres etapas podemos decir que, con nuestro más sentido pésame, ha muerto de pena.

Escrito CLXVII

Su alma estaba perdida. Y no podía encontrarse. Y no podían encontrarla. Estaba sellada entre paredes de aire encerrados en montículos enormes de tierra, roca y vegetales, adornadas nauseabundamente con montañas de ladrillos, figuras de cemento.
Estaba perdida en lo que era y lo que no era. Y no se encontraba.
Sus ideas revoloteaban por el jardín como mariposas blancas, se perdían entre el espacio infinito de un jardín de ciudad. Sus acciones atolondradas ya no tenían dirección, ni pies ni cabeza. Se hallaba perdida en sí misma, en sus seres, en sus quehaceres, entre los deseos y los miedos que ni ella misma distinguía.
Una mañana se perdió definitivamente. Unos ancianos dijeron haberla visto caminando entre los cerros. Una pareja de tórtolos creen que fue ella la que vieron oculta entre los árboles de un bosque. Y un niño, aunque sin la confianza de los mayores, dijo saber qué pasó con ella: según testifica, abrió sus brazos al sol un día en que, sin nube alguna, lloviznaba, miro al cielo y sonrió, con esa misma sonrisa lo miró y le hizo la seña de guardar el secreto, mojada entre los árboles, el viento la sopló y poco a poco la tierra la fue absorbiendo, hasta que ella y la tierra misma se hicieran una.