sábado, 29 de junio de 2013

Escrito CLXXVI

No soportaba la idea, le era repulsivo, hastiante, se desgarraba en ira y decepción con solo imaginarlo. La sabía feliz. La veía a diario llegar de la mano de otro, ese otro que pudo ser él si no fuera por la duda y el tiempo, ese tiempo que dejó pasar como si las agujas del reloj en realidad no giraran.
Entre unos brazos que pudieron ser los suyos y que al verlos lo hacían llenarse de supuestos que, claramente, lo tenían a él, a su arrepentida figura como protagonista.
Es que quién podría resistir esa escena. La oportunidad perdida. Y ahora, como castigo, día a día la veía, llegando con él, despidiéndose de él. Lo más terrible era su traidora imaginación, la que consideraba su peor enemiga. En sus noches solitarias la imaginaba abrigada entre sus cariños, como otro la besaba con ternura, corría su pelo de sus ojos con los dedos, rosaba su cuerpo, la estrechaba, la amaba, como otro...
uno que por temor, no fue él.

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