sábado, 29 de junio de 2013

Escrito CLXVII

Su alma estaba perdida. Y no podía encontrarse. Y no podían encontrarla. Estaba sellada entre paredes de aire encerrados en montículos enormes de tierra, roca y vegetales, adornadas nauseabundamente con montañas de ladrillos, figuras de cemento.
Estaba perdida en lo que era y lo que no era. Y no se encontraba.
Sus ideas revoloteaban por el jardín como mariposas blancas, se perdían entre el espacio infinito de un jardín de ciudad. Sus acciones atolondradas ya no tenían dirección, ni pies ni cabeza. Se hallaba perdida en sí misma, en sus seres, en sus quehaceres, entre los deseos y los miedos que ni ella misma distinguía.
Una mañana se perdió definitivamente. Unos ancianos dijeron haberla visto caminando entre los cerros. Una pareja de tórtolos creen que fue ella la que vieron oculta entre los árboles de un bosque. Y un niño, aunque sin la confianza de los mayores, dijo saber qué pasó con ella: según testifica, abrió sus brazos al sol un día en que, sin nube alguna, lloviznaba, miro al cielo y sonrió, con esa misma sonrisa lo miró y le hizo la seña de guardar el secreto, mojada entre los árboles, el viento la sopló y poco a poco la tierra la fue absorbiendo, hasta que ella y la tierra misma se hicieran una.

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