Al morir de pena se siente una tristeza desgarradora. No basta con las lágrimas de un día o dos. Si estás muriendo de pena, en primera instancia sientes un frío desgarrador es, en analogía, a la imaginaria sensación de que un gatos enrabiado rasgara tu pecho por dentro, llevándose consigo corazón, pulmones, musculo y piel. En segunda instancia, aunque casi en todas las ocasiones se ve acompañada del primer suceso, vemos lágrimas caer por montón, como si fueran expulsadas de tus ojos con baldes, sí, baldes. Se ha visto en la mayoría de los casos que durante ente incesante lloriqueo el agónico difunto ni siquiera está consciente de éste. La tercera y última etapa consiste en un proceso de aceptación en donde el muerto, como tal, tiene un rostro inerte, que refleja inmutabilidad, sin emoción alguna, grandes ojeras, palidez y mirada somnolienta; suele llorar a mares de cuando en vez sin motivo aparente, mas gracias a los estudios hemos encontrado que su gatillante son ideas y/o sentimientos recordados o asociados a un recuerdo.
Si usted ha pasado por estas tres etapas podemos decir que, con nuestro más sentido pésame, ha muerto de pena.
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