jueves, 10 de noviembre de 2011

Escrito XXXVIII

En un cálido día de Febrero un pequeño niño elevaba un cometa. En el amplio parque corría un viento de aquellos: difícil, inconstante, todo un desafío para el pequeño. El viento movía el cometa de un lado a otro y esté se deslizaba gracioso por el inmenso cielo. Aunque el niño no sabía hacia donde iría el volantín, sabía como seguiría con el juego, lo tiraba hacia él pero seguía libre, tenía más libertad pero se acercaba por voluntad propia y así un juego de tira y afloja muy típico de nosotros en donde el hilo era todo lo que los unía y aún así era muy ínfimo para describir esa unión. Un juego, una entretención, un pasatiempo, algo que simplemente lo hacía sentir bien, era mucho más que eso, aunque en principio no se convencía de ello. Pero todo juego termina en algún momento. Caída la noche recibe el llamado de su madre, y en su distracción el diminuto hilo se cortó y el cometa voló sin tapujos lejos de él. Era solo un volantín, en cualquier momento conseguiría otro, el niño vio como se iba entre las nubes y volteó para irse a su casa. El juego no terminaba solo cambio de volantín, pero en esos días de viento inquieto e intrépido, cuando dejó de lado todo juego, recordaba y deseaba que el viento lo trajera de vuelta a casa y que ese hilo nunca se hubiese cortado.

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