Un día comenzaron a caer granizos en las flores del desierto y los oasis se secaron por voluntad propia. Espejismos llenaban de nubes la mente traviesa de los desconfiados dejando heridas en las aguas puras de entre la arena. Aún recuerdo el día en que los pétalos florecían en señal de gratitud y cómo más tarde los envolvía el frío del abandono y la incredulidad. Los pétalos se secaron con lo quemante de la nieve, el desierto se hizo más seco con los años y el oasis seguía ahí, tan quieto como antes esperando que lo perdonasen por no ser arena.

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