domingo, 17 de noviembre de 2013

Reloj - Escrito CLXXXV

La tarde templada en el salón fatigaba el cuerpo y la mente de los presentes en todo el auditorio, las luces amarillas invitaban al bostezo. Tercera fila, en medio, de cara al pizarrón levantaba su cabeza somnolienta y desconcertada, sus cabellos alborotados respondieron al "qué te pasa" de una voz conocida y cercana. Sus ojos deambulaban por todo lo contenido dentro de esas cuatro paredes buscando orientación, tratando de reconocer el lugar, el momento. El reloj sobre el cúmulo de letras y números señalaban las 6:43.
Parpadeo insistente para distinguir los detalles de aquellos tres indicadores, en eso ya eran las tres con quince sobre su cama, en medio de la oscuridad acurrucada entre sus sábanas. Cómo no, todo sería un sueño confuso.
Eran las 11:26 y en el bar a punto de salir estaban sus amigos, se vio con una cerveza en la mano, aretes, ruido y luces que conocía de antes siendo esta su primera vez. Los vio: a sus amigos, a sus no tan amigos y luego de un "hola" sintió su cuerpo dormido y unas manos grandes y tibias sobre su espalda. A su lado estaba mirándola con ternura, mientras a penas entreabría los ojos, vivían el deleite de un silencio sobre las sábanas tibias y desordenadas, un beso en la frente, los dedos corriendo el cabello. Deja vu de un momento que repetiría todas sus mañanas con el mayor de los gustos. Consciencia. Reconocer el momento. Se volteo hacia su izquierda apartándose de aquellos brazos: pasado medio día decía el reloj de velador, ya era hora de marcharse. Se vistió, afrontó una emboscada y logró atravesar la puerta del cuarto.
Entraba en una habitación iluminada enfrentándose a un enorme ventanal en el muro de en frente, las cortinas se balanceaban a un costado de una cama deshecha - buenos días, cariño- un rostro desconocido y familiar entraba recién salido de la ducha - Llegas temprano. Hice desayuno- Un tierno beso le daba la bienvenida, esas manos extrañas pero tan conocidas tomaban su bolso y lo dejaban sobre un sillón. Su muñeca derecha marcaba las 7:19; y ella miraba sus manos, reconocía sus manos avejentadas y seguía por su cuerpo crecido, sus pechos abultados, sus caderas anchas, su abdomen entumecido, su ropa que no era propia aún.
Y de pronto entre parpadeos todo se empequeñeció, bajo sus pies la tierra empolvaba sus zapatitos, sus piernas cortas y almidonadas, su polera rosada. Miró hacia el frente y encontró el parque que tanto añoraba, los juegos en que jugaba, los niños que conocía. Esta vez no tendría dónde ver la hora, y aún así no serviría de nada.

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