martes, 26 de noviembre de 2013

El otro mundo - Escrito CLXXXVI

Yacía en la oscuridad de un multitudinario lugar público, algo así como la plaza central de una capital. Los faroles amarillos brillaban de forma tenue en el cielo de lo que parecía un costado lejano, dejando ver frente si solo la bruma. Era la oscuridad de la noche profundizada, esa que a veces los poetas pretenden perpetuar y realzar hasta hacerla infinita y abisal, era esa misma oscuridad escrita la que sentía rodeando su cuerpo, entrando junto al aire por sus fosas nasales, rosando su pelo, quemando sus labios hasta albergar en toda la boca de ese cuerpo inmovilizado por la noche, que no era noche, mas lo era eternamente.
Figuras similares rondaban, algo menos perturbadas, algo más pálidas. Hablaban entre ellas, se aislaban en un rincón, todas tan humanas, todas tan perdidas.
Un paso. Solo un paso dio y el viento la golpeó de frente. Quienes caminaban cerca voltearon a mirarla; era un ser extraño, no por su rostro, no por sus ropas, no por su andar, era simplemente de otro mundo. Volvió a su estado inercial y quienes voltearon a verla dejaron dicho actuar. A penas sentía su cuerpo, miró sus manos para saber que aún estaba ahí, ella como persona, ella como cuerpo. Otro paso. Debía caminar, no sabía por qué, ni donde, pero tenía la certeza de que debía avanzar. Con cada paso unas cuantas cabezas más giraban a mirarla, parecía que estos retumbaran entre la niebla, hacía soplar más fuerte aún el viento con lo que lo árboles -esos mismos que no se lograban ver, pero sí oir- mecían ruidosamente sus hojas.
Extraños se acercaban. Perturbados, serenos, curiosos, ansiosos, malvados. De todos tipos la rodeaban, formaban un sendero - por ahí debo caminar- cerraban sus salidas, acortaban su espacio, se percataban de su extrañeza, con sus miradas la tomaban, juzgaban, interrogaban. Ella cada vez más agobiada, se quedaba sin salida, su espacio se reducía y no lograba entender que buscaban.
Los focos se apagaban uno a uno, con el comienzo del desespero aumentaba el paso, mirando atrás, al costado, eludiendo los pálidos vigilantes . Eran más personas de las que pensaba - ¿personas? - miraba y caminaba, miraba y corría, y cada luz en su pisar se apagaba. Una mano la toma, el látigo del impulso la retrocede y el contacto la electrifica. ¡Huye! y cae, de golpe en sí. Volvía al mundo al que pertenecía, aún.



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