Una noche de verano, entre tanta lágrima y olvido, se escabulló entre las sábanas con su ropa interior y su ancha polera, apenas alumbró unas cajitas donde tenía aquel cigarro que había encontrado - "algún día lo necesitaré"- se dijo antes de guardarlo. Tomó una caja de fósforos desde su cómoda y con sigilo caminó por sobre el piso de madera, bajó las escaleras, tomó las llaves y abrió la puerta y allí se sentó. No fumaba, al menos no habitualmente, pero prendió ese cigarrillo con gusto a olvido. Escuchaba las sirenas a lo lejos, veía las pocas estrellas que le daba la noche urbana y recordaba, por sobre todo, recordaba. Tenía en frente ese viejo árbol, bajo el cual tantas veces lo vio esperando de espaldas o con la mirada baja, hasta que la veía y sonreía como si apenas la notara; a un par de metros tenía la luz, esa amarillenta luz que los vio abrazados hace tiempo, cerca de la misma hora, cuando creía que estaba y que estaría a pesar de todo; tenía en sus narices esa calle, ese asfalto por el cual lo vio llegar e irse, donde caminaron juntos, donde se gritaron caricias. Esa noche no tenía nada. Nada más que recuerdos, y la ilusión de todo escritor soñador de que por coincidencia se juntara el pasado y el presente y volviera a verlo llegar a mitad de la noche con un abrazo entre manos y un beso en los labios. Esa noche de recuerdos se decidió a olvidar, porque ya más nada le quedaba...
Llevaba poco más de un mes de su regreso definitivo. Volvió al que fue siempre su hogar mientras se armaba de valor para construir el suyo propio. Para no despertar ya a los cincuentones cerró la puerta, prendió la luz y buscó entre sus cosas a medio ordenar (aún, pues pensaba que su estadía con los viejos sería fugaz y transitoria) uno de los cuantos puros que trajo. Era una noche de verano pero el calor santiaguino es de una característica sequedad y ni las más altas temperaturas se aproximarían a la sensación térmica de donde venía; por ello se puso pantalón largo, zapatillas y un chaleco delgado sobre la ancha polera que acostumbraba por años a llevar. Abrió la puerta, apagó la luz y bajó en silencio las escaleras; tomó las llaves y salió a caminar. No fumaba mucho, pero estando en la tierra del tabaco no se podía resistir a un habano de vez en cuando, sobretodo los días de añoranza, tanto allá como acá, como esa noche. Caminó por las calles que la vieron crecer y recordó momentos que atesora en su corazón hasta el día de hoy; los abuelos que ya no están, los amigos que quedaron en el camino y los que perduraron en el tiempo y en su corazón, las casa pequeñas que hoy son grandes, los cachorros que hoy son perros viejos, todo le era tan ajeno y familiar. El árbol ya no esta, la luz ahora es blanca, la calle sigue igual; ella se fue y volvió sola, de él no sabe hace varios años atrás.
Esa noche su amiga estaba de turno mientras ella tenía insomnio. Sacó un libro pendiente hace años, nunca podía leer más de un capítulo por vez. Se levantó de la cama y salió por el pasillo hacia el espacio de un ambiente. Entre las cortinas mal cerradas del living se asomaba resplandeciente la luz de la luna y ella se quedó fija, mirándola, a metros del ventanal. Volvió a su habitación, sacó un short e hizo lo que solo ella podría llamar vestirse, pues nunca le gustó la ropa ni los zapatos, desde pequeña no le importó el pudor, no tuvo pudor más que en algunos momentos de baja autoestima. Bajó por el ascensor, pues a oscuras diez pisos en escaleras no son muy recomendables y aun conservaba algo de cordura (más bien precaución), cruzó la tan transitada calle, que a esas horas en día hábil es más bien un largo y algo estrecho cementerio, cruzó el caminito de piedrecillas hasta llegar al pasto y allí se recostó a ver los astros, los pocos astros que se pueden ver en pleno centro de la ciudad con esa única luna tan inmensa y tan brillante, compañera en noches como esa llenas de soledad. No tenía vicios, se tomaba un trago de vez en cuando en algún encuentro con amigos y fumaba en las mismas ocasiones pero con una frecuencia considerablemente menor. Su familia la aman desde donde creció, orgullosos de ella, conserva a la mayoría de los amigos de hace una década e hizo grandes amistades en la facultad, vive lejos de los recuerdos ya borrosos, casi inexistentes, de lo que considera hasta hoy su único gran amor. Ella sale esporadicamente con algún colega o amigo de sus amigos que le interese y coincida en tiempo y paciencia. Él tiene esposa hace unos seis años, un hijo y una niña en camino.
Un proyecto a punto de que le aprobaran le tenía la mente en otra parte, pero no era eso, sino las nauseas, lo que no la dejaban dormir, para cualquiera no sería problema pasar una noche en vela, pero ella necesitaba toda su atención esa mañana, como en cada turno. Prendió la luz de velador y abrió el cajón en busca de unas gotas naturales pero nada encontró. Se levantó entonces, con su polera ancha, ese tan añejo y destartalado "pijama" que tanto le gustaba; caminó descalza por el pasillo hasta llegar a la cocina, pensaba en un té en su trayecto pero al llegar frente al refrigerador se le antojó ese jugo de naranja natural que habían hecho en el almuerzo, sirvió un vaso sin necesidad de prender la luz pues la luna se encargó de iluminar todo el living y la cocina, caminó hacia el ventanal con el vaso en la mano y los ojos entreabiertos por el sueño, abrió las enormes ventanas y sintió ese viento de verano, ese viento frío que corre en las noches de verano y que hacían bailar tan dulcemente las cortinas. Se asomó por el balcón y se apoyó en él, viendo la magestuosidas de la luna mientras bajo ella veía ese gran parque donde se sentaban algunas tarde a leer. Bebía sorbo a sorbo cuando siente unos brazos que la rodean desde la espalda, un rostro que reposa en su cuello, las manos que corren a un costado su cabello, un dormido beso en la mejilla y una pregunta - "¿qué le pasó que esta despierta?"- "no sé, los nervios, las nauseas"- se giró sobre sí y manteniendo el vaso en su mano para no dejarlo caer rodeo su cuello con sus brazos y lo besó con ternura luego que el pobre, medio dormido, le dijera que esa tarde la iría a buscar al hospital para acompañarla a que se hiciera una prueba. Ella tiene una fundación a medio andar, unos padres felices y locos, su hermano un distraído geniecillo y los amigos de la juventud. Su amor de niñez, por lo que ella sabe, está feliz, vive el día a día, con su trabajo, su hogar y su amada. Viven juntos hace cuatro años, se perdieron de jóvenes pero se recuperaron al rato y como siempre pensaron, aprovechan su depa para reunirse el mismo grupito de antaño.
Venían llegando de madrugada agotados por las más de seis horas de vuelo. La mañana era de un cálido sol y la típica brisa fría de verano esa que eriza los vellos de la piel. A ella la recibían sus parientes, felices de tenerlos a ambos de vuelta en su tierra por más de un mes. Desempacaron y se acostaron en la que sería su cama por los siguientes cuatro meses, tiempo que demoraron en hacer los trámites correspondientes y en encontrar el que sería su futuro hogar; se quedaron dormidos de cansancio mas ella despertó al rato. Caminó a la cocina por un café. Todo le era tan familiar, nada había cambiado en los meses que transcurrieron de su última visita, y recordando cómo dejó su casa y su familia en un comienzo, tampoco estaban muy diferentes. Caminó con el café en las manos y dándole pequeños y suaves soplidos hasta pararse en el umbral de la puerta de entrada, veía el amanecer donde evocó los recuerdos de su juventud: sus alegrías, sus penas, sus encuentros y sus desamores, todo lo que había pasado en esa ciudad y en particular en esa calle, donde el viejo árbol que era cada vez más grande, la iluminaba la luz ahora blanca del poste de la esquina, y el asfalto seguía igual de picado, casi nada había cambiado pero todo era muy distinto. Al rato sintió unas manos acariciar sus brazos y un beso en uno de ellos, era él, el que dentro de un año sería su marido.
Se conocieron en el internado, un día antes de un examen, en la biblioteca de la universidad, él se le acercó a preguntarle por una materia, ella siempre creyó que era una excusa pero él no lo reconoció hasta el día del "matrimonio"; ambos chilenos, ambos santiaguinos, de nostálgicos amigos pasaron a complementarios amantes, y su amor creció entre heridos, trabajos solidarios, enfermedades y revolución; decidieron vivir juntos a su regreso a tierra natal, luego de tres años juntos en el lejano país.
De su primer amor, el que una vez lloró en el mismo lugar en que estaba de pie esa mañana, poco sabía. Se habían encontrado el primer año que volvió de vacaciones, como dos viejos conocidos; poco más tarde en una reunión con amigos se volvieron a encontrar, lo último que supo gracias a esa reunión es que vivía dichoso junto a la que después de varias pseudo relaciones fallidas había reconocido como la mujer de su vida, con la que comenzó un noviazgo a los pocos meses de que ella se fuera. Se volverían a ver luego en la inauguración de su nueva casa, donde ella reunió a sus viejos amigos y su familia con los de su pareja. Ambos recuperaron su amistad luego de superado el término, rehicieron sus vidas y hoy son felices cada quien por su cuenta, recordando con cariño los errores que cometieron de niños.
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