La soledad de las calles hacían evidente la hora en que los dos personajes transitaban por el largo camino de salida, el paso calmo daba muestras de que no había apuro alguno: la noche es joven.
Uno miraba al piso, con su cabello largo y suelto, muy fino, envidiable. Con las manos en los bolsillos y su jeans oscuro. El otro de cabello corto y claro, camisa a cuadros y mirada tranquila. Trataba de encontrar la luna pero ni estrellas pudo distinguir en el cielo oscuro. Llevaban tiempo caminando en silencio, solo sintiendo la presencia del otro a su lado, no se hablaban, no se miraban pero sabían que estaban allí, caminando hacia el mismo lugar.
- ¿Qué piensas? dice el que miraba el cielo
- Nada en especial- contestó el errante
Ambos se preguntaban constantemente la opinión aunque rara vez coincidían o las respetaban. Generalmente no se hablaban, actuaba cada uno por su cuenta y terminaban discutiendo horas, días y noches, siempre juntos y siempre distantes. El otro siempre estaba allí pero cada uno vivía siempre solo.
- No sabes lo hermoso que es el cielo, ni lo brillante que puede llegar a ser. Está lleno de maravillas: planetas, comentas, estrellas... es tan vacío y lleno de cosas a la vez, tan fantástico e infinito. Con solo verlos puedes sentir que lo tocas, que es para siempre, que te elevas y te mantienes en él...
Maravillado miraba la noche, buscando cualquier cuerpo celeste que apareciera, y disfrutando de él hasta encontrar uno que lo maravillara y quedarse allí por siempre.
- No sabes lo peligroso que es el cielo, ni lo correcto que es la tierra. Sabía y fría, reflexiva, tranquila. El cielo se contraria el suelo no. Da vida y es confortable, te mantiene en una meta clara, sabes que al final de camino siempre habrá luz, sin contradicciones ni la posibilidad de caer de golpe y sufrir un dolor tremendo...
Contestaba paciente su compañero, mirando al frente con una triste pero calma y estricta mirada.
Ambos tenían sus gustos claros, ambos luchaban porque el otro los entendieran, ambos creían saber que era mejor para si y sobre todo para el otro. Pero nunca, nunca llegaban a un acuerdo.
- No te das cuenta lo rígido que eres, ¿cuánto hemos caminado y cuánto has disfrutado?, deberías dejar de concentrarte en las piedras del camino, estar dispuesto a tropezar y caerte, no siempre puedes tener la razón. No es tan importante el qué te pueda pasar, mejor ve lo que está pasando...
- Tú no te das cuenta lo despistado que eres, vives mirando el cielo, tu vista siempre está por sobre tu cabeza, no tienes idea que pasa frente a ti, si tropiezas y caes ¿cuánto te demorarás en levantarte? y claro, yo tendré que hacerlo y luego guiarte por el camino y obvio : no querrás volver a ver el cielo...
La noche estaba oscura, los astros habían desaparecido durante el trayecto de su caminata. Aún no llegaba a su destino, aún no conseguían llegar a ese lugar que los uniría al fin. Mientras el asfalto bajo sus pies se volvía más y más pedregoso se internaban en tierras lejanas y desconocidas, debían acercarse más para evitar peligros, se abrazaron para no caer mientras las piedrecitas eran más pequeñas conforme andaban. Se daban cuenta que se necesitaban mutuamente cuando poco a poco nuestro muchacho de camisa a cuadros comienza a bajar la miradas y nuestro joven de cabello largo levanta paulatinamente la vista y allí, en ese punto medio logran ver el camino del suelo y el infinito cielo. En el horizonte una estrella fugaz.
- Pide un deseo - le dijo asombrado de ver por primera ves un cuerpo celeste
- Deseo no caer - dijo atemorizado y lleno de goce nuestro iluso
- No caerás. Es una estrella fugaz, hay que disfrutarla porque no es eterna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario