El día estaba como todo día de verano, soleado, con un calor abrumador, ni los insectos tenían ánimos para su día a día, ni las hormigas querían salir en busca de alimento. El día era exhausto por la naturaleza del verano. En el crepúsculo del sol su persistente cuerpo se negaba a darse por vencido frente a su mente, y decidieron entre todas salir, dentro de ese destartalado cuerpo, a despejarse. Alistada, en marcha con el viento en contra y el atardecer a un costado emprendía un camino de unos pocos kilómetros, a paso firme miraba el horizontes mientras el cabello rojizo se le escabullía de su moño. Iba libre, sola, como ella era; por un momento el resto de los deportistas de verano desapareció.
A medio camino de su primer descanso, en una pause de la brisa su mirada bajó y se vio acompañada de la coincidente música. Su rostro se llenaba de melancolía y sus ojos se ponían vidriosos mientras su mente se desbordaba de preguntas. Pero ese lapsus duró solo un instante, hasta el momento clave de esa cálida tarde en donde se ve de golpe con lo que pudo ser una vergonzosa colisión. Por suerte ambos opusieron sus manos, ella levantó la vista y el la volvió a su frente. Él muchacho tenía, al parecer, su mirada perdida en el atardecer. Ambos se miraron. Él tenía una mirada sonriente y una sonrisa despreocupada; ella, por su parte miraba dudosa con una sonrisa cordial. Solo después de un "disculpa" al unísono parecieron volver del trance. Sus amigos siguieron su camino sin él. Ella no tenía a quien esperar. Rieron con naturalidad, como burlándose de si mismos por su distracción y torpeza, mas sin decirse una palabra.
Por unos segundos ella abandonó lo que tanto le perturbaba, y parecía, en ese gesto, esa sonrisa sincera, agradecerle al dulce muchacho de cabellos pardos y profundos ojos negros haberle quitado ese peso, darle esa breve distracción. Él, satisfecho de prestarle al fin atención a algo, en este caso alguien, en vez de que su mente vagara sin sentido, la miró con sutileza de pies a cabeza, sin nunca abandonar su sonrisa, mientras ella pensaba en lo pertinente que debió ser utilizar ropa interior.
Para terminar la escena, ambos siguieron su camino, cada uno en su correspondiente -contrario- sentido, solo que a unos pasos él se voltea, ahora trotando de espaldas, y le vocifera - un gusto, soy Daniel- riendo, y vuelve a su ruta. La muchacha a la suya también, volteando nuevamente, ahora con una dulce sonrisa interrumpiendo su melancólica mirada -gracias por el respiro, Daniel- dice entre dientes, riendo y negando suavemente con la cabeza.
Es curioso como a veces una historia termina con un saludo, o tal vez, esta también comenzó con uno.
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