sábado, 19 de enero de 2013

Cuento de insomnio

- Hubiera deseado que estuvieras conectado para así compartir contigo ese pequeño instinto asesino, y así sentirme menos psicópata o al menos compartir esa psicosis contigo. No creo que pueda existir persona en el mundo que entienda lo más oscuro de mi más que tú, y aún así seguir presente hasta en ausencias; que quiera hasta esa parte retorcida de mi ser. Debe ser que ambos tenemos esa parte que entendemos pocos, algo casi controlable.
Algo me dice que este micro cuento te gustará. Te amo.- 

En la oscuridad de la noche, mientras todos dormían, sus ojos estaban clavados en la ventana y esa luna imponente la vigilaba tras ella. Se levantó de la cama y con un hipnotismo perturbante se vistió y preparó cada detalle con la tranquilidad y paciencia de quién está convencido de sus actos. Caminó por las solitarias calles hasta dar con su paradero. Con la mirada perdida y el cuerpo casi rígido, era una caricatura escalofriante. Su pelo negro ondulaba al viento, sus ojos claros resplandecían con la luz nocturnal.
Llegó a esa casa sin saber cómo, en un estado de práctica inconsciencia. Trepó la reja, le resultó fácil, a penas perceptible, no sabemos si por su atlético estado físico o por su extraño estado mental. Abrió las chapas y con el sigilo de una rata se escabulló hasta la habitación. Entre el desorden de su cuarto y la tenue luz exterior se podía reconocer el bulto en la cama desecha. Su figura trastornada observó por un rato el quieto estadío de quién se encontraba sobre las sábanas. Lo miró con desdé; luego con una psicótica manía hasta que sus ojos se abrieron pausadamente, encontrándose con la risa más maléfica que haya visto nunca. Un rostro completamente maniático le veía y posaba su dedo índice en su boca en señal de silencio. Viéndola, con la sorpresa de tenerla en frente, instintivamente echó su cuerpo hacia atrás emitiendo a penas un quejido. Acto seguido, las manos tormentosas empuñaban un cuchillo que introdujo directamente en el pecho de su asustada víctima, luego en sus costillas, perforando sus pulmones. Y la sombría figura siempre con la siniestra sonrisa en el rosto. 
Su pobre víctima sobre la cama ensangrentada, el color carmesí de su sangre se tornaba negro ante la oscuridad. Mientras a un costado de la cama le seguían observando, ahora a su cuerpo sin vida. Al cabo de unos minutos el espectáculo terminó y la figura asesina se retiró con la paz que buscaba. Con su muerte habían terminado todos sus tormentos. Volvió a su casa y a su cama, con las manos manchadas de sangre, y al fin acabó su insomnio.

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