miércoles, 4 de abril de 2012

Escrito LXXIII

Era un día igual a todos, con el insoportable calor de un verano que se rehúsa a partir. La jovencita sentada en el banco entre el pasto. Aún no era la hora. Un hombre ordinario camina frente ella, la mira sorprendido como si hubiese encontrado lo que buscaba, y se le acerca con confianza. Era de unos cuarenta y tantos años, algo gastado por la vida, moreno de raíces y de un inconfundible mas no identificable acento extranjero. Ella tenía unos catorce años, de riguroso uniforme y rostro de niña perdida en la ciudad. ¡Buenas! ¿eres de Santiago? - pregunta el hombre con soltura - Si - contesta la niña, inquieta y desconfiada. Hace un tiempo había sido interrumpida por una gitana de mal corazón. Ahora se veía expuesta, sola en la ciudad, con sus objetos de valor sobre la banca. Ya no podía confiar en nadie, y allí estaba, frente a un extraño de aspecto roñoso.
- ¿Dónde queda el barrio Lastarria?
La niña le contesta al azar, sabía que estaba cerca pero no cuánto. Con amabilidad busca sacarse de encima al forastero y volver a su tranquila soledad en el espera del tiempo.
- Cuida tu aura, niña - le dice de la nada, logrando la sorpresa de la joven - Estas muy azul. No hagas lo que estas pensando hacer - Un momento de cómplice silencio, los dos extraños sabían perfectamente de qué estaban hablando. El hombre erradicado en Valparaíso se transformaba en un guía y salvador, y la muchachita en un alma salvada a pura casualidad.
Parecía conocerla más que los breves segundos de una pregunta, y se encontraba en su mente más que ella misma. Si, ese tipo era especial, al igual que la niña.
Él reconocía las virtudes de ella, ambos sabían que estaban allí, aunque la chica no lo lograra creer.
- Tienes un sexto sentido, algo especial. Sientes las energías pero no lo notas- lo dice eufórico con ánimos de reproche. Hablaba con soltura, como si fuera lo más normal, algo parte de la rutina.- presta atención, concéntrate.- El sujeto no lograba comprender que una criatura dotada de esa sensibilidad no la aprovechara, y ella no salía de la sorpresa de tantas coincidencias ¿por qué ella, un bichito raro más de la colonia?, no era primera vez que se lo preguntaba.
El tipo mira su reloj y dice al viento - me demoraré un poco, pero no importa- y ofrece a a niña leer las cartas. El hombre habla de corazón, se comunica con los astros y dice respetar a su dios. Sabe mucho para no ser cierto.
Media hora sobra en el reloj de la niña, pero su temor evita una respuesta afirmativa. Como en todo orden de cosas su mayor deseo era salir corriendo - ¡No puedo!- dice rápido, casi violento, pero muy tímido - lo siento, pero tengo que juntarme con alguien en el edificio de en frente- no mentía, mas el tiempo decía que no era menester. El sujeto solo dice que no importa y como si fuese otra persona repite la pregunta que inicio su conversación. La niña le da la misma respuesta y el hombre se va - quedó una sensación de vacío en el ambiente- igualmente lo hizo la joven.

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