martes, 3 de abril de 2012

Escrito LXXII - A oscuras

Cuando no hay luces encandecentes
ni ruidos desnaturalizados,
la tierra habla por si sola
y sus latidos se sienten
hasta en las más amplias latitudes.

Sientate a escuchar y cierra los ojos,
comenzarás a ver lo que te ocultan todos los días.
Tapa tus oídos.
Abre tus sentidos.
Verás figuras nuevas.

Sombras por doquier
te das cuenta que no deben estar
y gigantes de asfalto son reemplazados
por lo único que nunca se ausentará.
Los gruesos hilos se pierden en el negro
y por fin te es notorio cuánto estorban.

Los vientos te traen los únicos ruidos dignos de oír.
Silencio. Detente a escuchar la nada;
así suena el vacío,
tan rítmico y melódico
que nunca lo captaste,
hasta ahora.

Por fin entiendes
tus lindos adornos no son eternos
y cuando más los necesitas no sirven.
Basta un simple enojo y todo cae.
Por esto vivo donde me encuentre la noche
y hago de mi hogar el camino.

¿Habrás aprendido?
no necesitas más que el cielo,
la tierra, el río, el sol, las estrellas.
Toma asiento, yo invito;
siente esos latidos bajo tu cuerpo
tienen tanta vida como tú
tienen más vida que yo.

Abre los ojos y dime qué ves
¿no te parecen lindo esos lejanos brillos?
Despierta.
Estamos aquí por préstamo,
y no por mucho;
excedimos la cuota,
ahora nos toca pagar.

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