martes, 10 de enero de 2012

Soltar todo y largarse

Desde el momento en que volvió a pisar el ardiente asfalto de la ciudad se dio cuenta que nunca debió haber tomado ese bus de regreso. Las familias abrazadas como cuando un hijo, hermano, amigo, vuelve de una guerra. Pancartas y globos de alegría, de bienvenida y esa enorme sensación de que jamás debiste volver.
Sus permisos seguían vigentes, tenía al menos tres semanas más y tardó solo unos segundos en decidirse, y unos días en darse cuenta que solo necesitaba esa decisión.
Ese día nadie preguntaría por ella, sabían que, como de costumbre, saldría esa tarde y volvería esa noche, tenía cinco horas para alejarse lo que más pudiera. Salió de su casa con el desplante de siempre, se despidió como cada jueves, con amor y lejanía, llevaba su mochila, con su cuaderno, su lápiz, su goma y sus minas de carboncillo, su porta documentos, C.I, pase... el permiso para salir del país, unos cuantos billetes y la seguridad de que no la buscarían en al menos dos días - los que se necesitan para establecer una presunta desgracia- si es que la pretendían buscar.
Tomó de entre el jardín el saco de dormir que tenía escondido y se largó. Por prevención debía cambiar un poco, su cabello nunca había sido tan negro y dejaba por completo al descubierto sus hombros, sus ojos dejaron el característico color anís y ahora eran de un marrón intenso. Ahora estaba en un incomodo asiento, escuchando la música que la tranquilizaba más que nada, suaves acordes que desaparecerían cuando la batería del aparato colapsara. A eso de las 6.30 comenzó a sonar el celular, sabía muy bien por qué lo hacía: seguramente se encontraría con un "vendrás?" que no tendría una respuesta, ya no lo necesitaría más, hasta ahora solo lo necesitaba para saber la hora, pero donde iba no quería ni necesitaba relojes ni calendarios. En la primera parada se deshizo de él, lo desarmó y boto parte por parte, al igual que su pase. De a poco se apartaría de su antigua vida.
El viaje era extenso y peligroso, pero no le preocupó, Cuando vio su mochila casi vacía pensaba en cómo hubiese actuado antes, todo le hubiese sido necesario, ropa, comida, abrigo; ahora solo tomó un saco de dormir y un pantalón térmico, los inviernos eran fríos y no necesitaría más que eso. Antes, se hubiese llevado consigo media ciudad para sobrevivir, hoy se daba cuenta que no necesitaba nada más que de ella misma, porque no pretendía sobrevivir, ella se iba para vivir.

Por alguna razón nunca extrañó a nadie, se había acostumbrado a vivir sola, para ella misma, con muchas personas, pero sola. El volver le quitó las culpas que tenía en el alma y ese día, bajo el bus, me dijo: lo mejor de que no te extrañen es no tener el deber de extrañar a nadie, ni las culpas de no haberlo hecho. Ella nació para vivir sola, hace mucho me di cuenta pero no podía creerlo, ahora lo sé.

Poco más supe de ella. Su primer destino fue Frutillar, un lugar que conoció hace mucho tiempo y que la encantó desde pequeña, allí conseguiría lo necesario para seguir de viaje. Por lo que sé su parada fue muy corta, tanto que no necesitó detenerse en Osorno. De algún modo se contactó conmigo en el paso fronterizo, me agradeció el dinero del viaje, ya era finales de enero y los que la conocían sabían que partió por su voluntad, nadie se los dijo, nada leyeron, solo lo sabían, porque aunque poco, la conocían.
Sé que no necesitó papeles, no dejó huella alguna de su paso, ni documentos, ni papeles, ni personas que la hayan visto. La Aduana no registró paso de ella, pero estoy segura que pasó. Para una sola persona, pequeña y escurridiza, en el silencio del oscuro bosque de las montañas nocturnas no le debió ser difícil pasar inadvertida.
No sé cuanto podrá vivir como pretendía, no sé siquiera si está viva, pero a veces la veo, en sueños, frente a un lago cristalino, feliz, llena de paz.
No necesitaba la música, pues las aves serían la más grande banda sonora. No necesitaba personas, siempre los árboles fueron mejor compañía. No necesitaba comodidades, nada le era más cómodo que un baño en el lago.
No sé que será de ella, pero tengo la leve sospecha de que es feliz.




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