domingo, 11 de marzo de 2012

Escrito LXX- Entre rosas

La tarde nunca se había mostrado tan extraña, la vida se vio en sepia durante todo el día, parecía estar viviendo una foto antigua, era hermoso pero inquietante. El viento soplaba más fuerte que en los habituales días de invierno, el calor se veía acompañado de este frío viento que nos recitaba a limpio silbido unos versos y con forme avanzaba la tarde los colores del cielo fueron más cálidos y más peculiares. El más hermoso atardecer. Con él, y siguiendo el esquema dibujado por el día, llegaron a nuestros pechos los estruendo de los dioses furiosos y sus brillos desde el cielo oscuro. No se veía ni una sola alma en las calles, ni una sola estrella en el firmamento y una nube gigante cubría la iluminada compañera de la Tierra. Allí, desde el balcón de su habitación una joven esperaba ver la vida resplandecer, sus penas se fueron con la impulsiva decisión de ser feliz y apoyada en la áspera baranda contenía sus emociones y depositaba sus esperanzas en ese cielo que se abría para ella, viendo las estrellas aparecer. El destino teje sus redes a su antojo y mientras sus ojos volaban junto a los astros la astillada baranda torció sus maderas y ella, sin darse cuenta, con su rostro paralela a la luna, esa luna irónica que abandonaba su anaranjado, cayó a su jardín, su cuerpo se manchaba del mismo rojo de las flores en que reposaba y su sonrisa nunca se borró. Tuvo la muerte más hermosa. Murió entre rosas.

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