viernes, 11 de julio de 2014

sin titulo

Lo que escribía no le bastaba. Entre tanto el sonido del viento susurrante lograba ocultar el estruendoso ritmo de la capital. Mas no le bastaba. Eran tantas memorias contenidas que ni la pluma ni la tinta lo podían ayudar. Se detuvo un minuto; se rindió ante el esfuerzo. Veía las hojas caer vacilantes y uno que otro transeúnte pasar ciego. Un montón de compromisos y borradores lo esperaban en su regazo, con otro tanto de deberes ocultos en el maletín. El viento frío resonaba y hasta en sus huesos lograba sentir que se acercaba el invierno. Cuánto había pasado sin escribir; cuánto de su alma le robó la vida, cuánta vida se le arrebató de las manos. Las luces del parque comenzaban a encenderse y, con ello, el aviso de que se hacía tarde...tarde para qué; para su casa vacía, su montón de papeles, su hora de dormir, su hora de despertar...
Tarde porque los segundos no esperan para volverse pasado, tarde porque nos demoramos 80 milisegundos en entender... en este caso, en 80 milisegundos sus hojas se desparramaron en el suelo, moviendose a lo largo de la arcillosa tierra. Gracias a 80 milisegundos encontró otras manos perdidas, que lo ayudaban a recogerse y amontonarse
- Bocas del tiempo - leyó en su portada
- Buen libro...
Y una sonrisa terminó su tarde. Y si bien no detuvo el reloj, hicieron que ese tiempo absurdo, que no se detiene, valiera la pena...valiera la alegría.


Foto: Pablo Pogorelow

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